Esta tarde he caminado hasta la extenuación. Necesitaba llenar los huecos de unos días aciagos, nebulosos, grises, mortecinos. Solo el cielo se conservaba azul y radiante. Los momentos bajos me han invadido y tú no estabas a mi lado para consolarme. Ignoro también si tampoco estaba en tu pensamiento.

Recuerdo a Proust cuando decía que el dolor de la ausencia es lo que revela la profundidad de los sentimientos. ¿No me echas en falta? Creo que te lo he repetido más veces. ¿No tienes la tentación de oír ni tan siquiera mi voz? ¿Ni de lejos? Presumo que yo no constituyo la realización de tus metas, ni tan siquiera las volantes.

Para Kant el amor solo le unía a aquellos que necesitaba para conseguir sus fines. Seguramente no se enamoró nunca.

Y ya que estoy filosofando Sartre describía la alegría como un defecto del amor mas profundo. De la tristeza también escribió pero de otra forma. Todo aquello que en nuestra mente se revuelve hasta volvernos locos, “dar sentido a mi vida”, “justifica mi existencia”, “es capaz de anular mi propio yo”, era y es una forma mas de amor.

Pero los filósofos no cubren tus ausencias, ni justifican los silencios, ni susurran frases de amor en sus figuras. No, no hacen nada de esto y a vueltas en el camino a casa, dejándome acariciar ya por la fresca brisa del otoño, tengo necesidad de gritar a los cuatro vientos que te quiero con locura y que todas las metáforas y las figuras filosóficas son una mentira de alguien que no ha sentido nunca vibrar su corazón con un amor infinito mas allá de toda definición lógica.

Así entre neblinas nocturnas solo puedo hacer guiños a la luna, que semidecreciente ya, tan solo desea quitarse de en medio otro mes más. Le lanzo aullidos sordos que solo resuenan en mi imaginación.

¡Te quierooooooooooo ¡Nada, sigue sin oírse nada.