Tus dedos entrelazaron los míos atravesando la barrera imposible de lo visible. Y no es una metáfora. Y los hice aún mas míos estrujándolos fuertemente. Alrededor quedaban todos y todo lo demás. Nuestro espacio, el que hay entre tu y yo es una frontera invisible que resguarda un universo ardiente.

Es posible que Dios tenga todo escrito pero el destino como una meta de la persona humana no puede estar diseñado de antemano. Mi silencio de estos días no significan una ausencia tuya de mi corazón. Dicen que la mano que traza las líneas refleja el alma de quien las escribe. No estoy triste. Quiero estar esperanzada.

El sol mortecino que en estos días del inicio del invierno ha dejado una fugaz señal sobre mi rostro, me ha regalado una imagen algo desvaída sobre los pensamientos que a modo de rayos perdidos dejan su reflejo a la orilla de ese mar grisáceo y sin vida que refleja igualmente esa naturaleza solitaria, húmeda, siniestra.

Es tarde, sin ser tarde y el amor que mueve todas las estrellas me transporta de nuevo a esas constelaciones de sueños en donde solo estamos tú, yo y nuestro inmenso amor.

Paulo Coelho en mi pensamiento: “El amor no da la felicidad. Todo lo contrario, nos la quita. Siempre es una angustia, muchas noches en vela. Es a la vez éxtasis y agonía”.

Te quiero. Soy incapaz de añadir nada más.